No sé si esta habrá sido la sensación de los soldados en el frente de batalla, esperando otro día de lucha, pensando que quizá este sería el último día para cualquiera de los bandos, y así, se llegaba al nuevo día, con menos gente, a unos ya les había tocado su momento, momento que ya se había repetido un centenar de veces, pero ahora toca a alguien que uno conoce , aunque sea de trato, pero lo suficiente para saber quién era, que hacía, incluso conocer un poco su carácter, y la sensación de vacío e impotencia es aún más fuerte, y la única forma de sobrellevarlo es encontrar un sentido a su partida y seguir.
Sera que el combatiente sabia el momento en que iban a ocurrir las cosas, el momento en que se lograría la victoria, me imagino que no, solo mantenía firme el objetivo, y quizá ya en ese punto , uno de los objetivos, mantenerse vivo, pero para lograrlo era necesario mantenerse ligero, ágil, preparado para el siguiente movimiento, no solo por la propia vida, sino por la integridad del equipo, como ente de mando, o como parte del grupo, no podía darse el lujo de contagiar tristeza, y sentarse a llorar a los caídos, más bien honrar su memoria y mantenerse firmes, pensar que todo lo que estaba ocurriendo era para cumplir el gran propósito.
Y aquí estamos, habiendo pasado metas que suponían un final, todavía sin lograr el objetivo, y lo que nos toca hacer, es sacudirnos, y recobrar fuerzas, recordando nuevamente; Si al final no es el resultado que buscamos, entonces, todavía no es el final, lo único que hará que se obtenga el resultado deseado es continuar, mantener firme nuestro propósito, y vincular este propósito a lo única parte de nuestro ser que no se enferma, ni se debilita, y ese es nuestro
INQUEBRANTABLE ESPIRITU.
Homero López








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